Sociedad Civil

¿Estado de derecho o derecho del Estado? El principio básico de toda estrategia cultural

 

Por Yvon Grenier

De la Antigüedad hasta hoy día, las artes y letras han florecido más en ciudades prósperas y abiertas, con el beneplácito (o sin demasiada hostilidad) de los poderes públicos. Hay quienes dicen que en el campo cultural como en otros, la necesidad es la madre de la creatividad, y que una plena libertad de expresión desactiva la función crítica del arte. Por cierto, grandes talentos han cumplido su destino a pesar de la censura y de la persecución (Caravaggio, Weiwei, Chaplin, etc.). El arte y la literatura verdaderos siempre son una escuela de libertad, es decir, de resistencia a todo lo que frena la crítica y la imaginación. No necesita parámetros o cárcel para activar sus disposiciones emancipadoras: la confrontación con lo real de la condición humana es más que suficiente.

En la época moderna, el Estado goza de recursos sin precedentes para dar forma al ámbito cultural, para el bien o el mal. En un texto famoso sobre “La literatura y el Estado” (1986), el gran poeta mexicano Octavio Paz dijo: “Los poderes del Estado sobre la literatura son inmensos pero no son ilimitados. Mencionaré algunos posibles e imposibles: el Estado no puede inventar una literatura pero sí puede suprimirla; el Estado no puede ser crítico literario, pero sí censor e inquisidor; el Estado puede y debe fundar colegios donde se enseñe la gramática y el arte de leer y escribir pero no puede legislar sobre la gramática ni dictar leyes de estética; el Estado puede ayudar a los escritores pero no demasiado y sin pedirles nada a cambio; el Estado puede y debe enseñar a leer a los mexicanos pero no debe obligarlos a que lean o no lean estos o aquellos libros... “Quizás se podría decir lo mismo sobre “educación y el Estado”, “economía y el Estado”, “medios de comunicación y el Estado”, etc. El Estado puede y debe ayudar, “pero no demasiado”. El reto de una sociedad abierta es buscar el equilibrio entre apoyo estatal por un lado, y autonomía de la sociedad
civil y del individuo (no hay contradicción) por el otro. El poeta Paul Valéry afirmó que “dos peligros amenazan la humanidad: el orden y el desorden”. Demasiado estado o estados débiles (o peor, fallidos) llevan al desastre. Estado de derecho, buenas políticas públicas, y sociedad civil vigorosa y plural, constituyen el modelo alternativo, y el más exitoso.

Dentro del campo democrático, no existe un modelo único de política cultural. Los anglosajones, herederos de un liberalismo clásico, conciben la cultura como una práctica esencialmente privada, que no necesita más que una intervención mínima del Estado central. Los Estados Unidos ni siquiera tienen un ministerio de cultura propiamente dicho, solamente una agencia federal independiente (la National Endowment for the Arts) con un presupuesto mínimo (0,13% del presupuesto estatal). El Reino Unido no
tiene un ministerio (llamado departamento) específico para la cultura: amalgama “cultura, media y deporte” (representa 0,65% del presupuesto estatal). Eso no significa que no haya apoyo y recursos para la cultura en esos países. Más bien, las redes de apoyo a las artes están más descentralizadas (a niveles de estados, provincias, y municipios) y más cercas del sector no estatal, como las asociaciones caritativas, las fundaciones privadas y patrocinadores (como la Fundación Cisneros en EE.UU.), las universidades, etc. Cada país desarrollado y democrático tiene su propia fórmula de financiamiento (pública y privada) y de marco legal para sostener instituciones y actividades como museos, artes visuales, artes escénicas, preservación de monumentos históricos, programas de
humanidades (como escritura creativa y poesía), bibliotecas y archivos, jardines botánicos, celebraciones comunitarias, ferias y festivales, y un largo etc. O sea, en este ámbito, no hay una política cultural: hay muchas, y lo que podríamos llamar el “régimen cultural” de cada país no se limita a la intervención del Estado.

Los países europeos continentales tienen una concepción más audaz de la misión cultural del Estado. Aquí el modelo alternativo al anglosajón es el francés (donde la cultura representa 1,31% del presupuesto estatal), particularmente su reciente iteración bajo el régimen de la quinta república del General De Gaulle y de su famoso ministro de cultura, el escritor André Malraux. Francia es un país esencialmente liberal (es el país de Constant y Tocqueville), pero la palabra liberal es sucia en el hexágono, ya que suena al individualismo anglosajón. El mismo Jacques Chirac, presidente Gaullista de 1995 a 2007, dijo una vez: “El liberalismo está condenado al mismo fracaso que el comunismo... Ambos son perversiones del pensamiento humano” La lógica central del Estado francés es republicana, centralizadora, elitista y cartesiana -los ingredientes de una política cultural estalactita e imperiosa. Al nombre de la igualdad y del principio republicano, el Estado hace más que “ayudar”: promueve, impulsa, orienta una política cultural, pero siempre dentro de un marco democrático: es decir, no favorece un partido o una perspectiva política en particular. Como modelo para América Latina, si hace falta uno, el modelo europeo continental parece más apropiado que el anglosajón.

Los Estados totalitarios del siglo XX fueron los más ambiciosos de todos en el dominio cultural. Sus líderes se representaban como timoneles de verdaderas revoluciones culturales. Hitler era un artista fallido; Mussolini (en verdad totalitario a mitad) dijo una vez “Yo no soy un estadista, yo soy más como un poeta loco”. Para Walter Benjamín (1892-1940), los comunistas politizaban el arte mientras que los fascistas estetizaban la política. ¿O es lo contrario? Da igual: en ambos casos encontramos las relaciones más íntimas y explosivas entre arte y política. Recordémonos que Lenin, desbordado por problemas de hambre y guerra civil, debutó energía y tiempo para censurar una novela distópica (Nosotros de Zamiatin) y enfurecerse en contra de “escritores no partidistas”. Pensamos en Stalin censurando personalmente novelas y películas. Siendo censurado en su querida Alemania oriental, Bertold
Brecht exclamó: “¿dónde en el mundo hay un gobierno que muestra tanto interés y cuidado en sus artistas?”

Al principio, bajo esos líderes, todas la puertas parecen abrirse para los escritores y artistas (menos en la cárcel o en el exilio por supuesto), y muchos se prosternan con gran entusiasmo frente al nuevo Être Suprême. Los elegidos se convirtieron en “ingenieros del alma” (URSS de Stalin) y “soldados en el Frente Cultural” (Corea del Norte), todos de frente con el frente y comprometidos en una épica “Batalla por la cultura” (Mussolini).

En estos países la política cultural era hermana de la política educacional, ambas hijas de la política de socialización y de la movilización política de la ciudadanía. A veces se 'democratizó' el acceso a los bienes culturales, es decir, a la cultura oficial, pero a un precio muy alto. El poder totalitario, se da cuenta tarde o temprano, recompensa el servilismo, no la imaginación o la crítica verdadera. En su ensayo famoso “La mente cautiva” (1953), Czesław Milosz escribe que el realismo socialista "refuerza los talentos modestos y mutila a los grandes". Suena correcto para las políticas culturales totalitarias en general. El régimen nazi abolió los grupos de arte independientes y los reemplazó con una sola organización integrada con el Estado: la Cámara Nacional de Cultura
(Reichskulturkammer) fundada en otoño de 1933 bajo la dirección de Josef Goebbels, Ministro de Ilustración y Propaganda del Pueblo. En el totalitarismo, el enemigo común siempre es el individuo, y las organizaciones autónomas frente al Estado. El arte que desafía el canon oficial siempre es presentado como decadente, podrido, supersticioso, pornográfico. La oposición no existe: solo existen malformaciones individuales. Los ciudadanos son libres de apoyar al gobierno y de gozar de sus políticas, y punto. Benito Mussolini lo dijo mejor que nadie, en su discurso del 26 de mayo de 1927: “Todo dentro del Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado”.

Conclusión

Nada de eso significa que exista un modelo perfecto de política cultural, ni mucho menos. Los países democráticos también han utilizado la censura, aunque generalmente por razones de “moral pública”, definida arbitrariamente (ver los casos de Nabokov, Joyce, Mapplethorpe, etc.), y no tanto para proteger y totemizar la élite gobernante. En tiempo de guerra, utilizaron el arte para fines propagandísticos -el padre del “spin” es austriaco-americano (y sobrino de Sigmund Freud): Edward Louis Bernays (1891-1995). No es fácil determinar las condiciones de emergencias de un arte o una literatura verdadera. ¿A quién o a qué debemos atribuir la existencia de un Kafka, un Shostakovich, o un Picasso?

Quizás, como lo afirma Milan Kundera, para ubicar el arte y la literatura en su contexto, las filiaciones artísticas (el “gran contexto”) son más importantes que el entorno económico, social o político (el “pequeño contexto”). En fin, la vitalidad cultural de un país depende de muchos factores, no solamente o quizás principalmente de su política cultural. Sin embargo, una meta, una estrategia política cultural, pueden ser aspiraciones legítimas. Y no hay más remedio que avalar lo que afirma el III Informe de Estudios del Centro Convivencia (www.convivenciacuba.es) sobre “La cultura en el futuro de Cuba” (2017): “El principio básico de toda estrategia cultural, ya sea estatal o privada, deberá ser la libertad de creación, de pensamiento y de expresión”.

Yvon Grenier

Profesor del Departamento de Ciencias Políticas.

Facultad de Artes.

St. Francis Xavier University, Nova Scotia, Canadá.