Historia

Cosme de la Torriente Peraza

 

 

Por José Antonio Quintana de la Cruz

 

Nació Don Cosme en Matanzas el 27 de junio de 1872. A los 23 años se incorporó al Ejército Libertador. Estuvo preso en Nassau debido a su lucha contra el colonialismo español. En 1896 desembarcó junto al General Calixto García en las costas de Mayarí y se incorporó a la manigua. Durante la guerra, además de combatir cumplió funciones de auditor militar en distintos departamentos del centro y del oriente del país. Fue representante a la Asamblea de La Yaya y en ella jugó un activo papel en la creación de la constitución de 1897. 

En su desempeño como auditor del ejército mambí ganó experiencia y habilidades como negociador que le serían útiles en su posterior servicio a la república. El joven abogado se distinguía por su don de gentes y su apego al orden y el respeto a los códigos legales. En los últimos años de la contienda bélica se formó en su espíritu el gusto y la vocación por la solución de problemas en la mesa de diálogo. Había nacido, en el joven guerrero, el pacifista pertinaz.

El General Calixto García, conocedor de las virtudes de polemista y negociador del coronel Cosme, se hizo acompañar del mismo a los Estados Unidos para gestionar con las autoridades de este país el peliagudo tema del reconocimiento de la Asamblea de Representantes de la Revolución y la consecución de un empréstito monetario para liquidar los adeudos al Ejército Libertador y facilitar con ello su disolución. Allí paladeó por primera vez el acíbar de la política y, a mi juicio, quedó preparado para lidiar con las formalidades de la misma, sin asumir o comprender a plenitud la parte aberrante de sus esencias. Había nacido el negociador candoroso.

En la política republicana conoció el éxito en planos secundarios de la misma. Fue un actor conocido, honorable, influyente a veces, pero nunca tuvo en sus manos los hilos maestros del poder. Fue gobernador interino en Santa Clara y magistrado de la audiencia de esa ciudad y de la de Matanzas. Asumió la Secretaría de Estado en 1913 y de 1933 a 1935. Obtuvo un acta de senador en 1916 y fue embajador ante el gobierno norteamericano en 1923. Tuvo la inteligencia y el entrenamiento necesarios para dirigir al país desde posiciones cimeras, pero le faltó el necesario conocimiento del arte de la componenda política y la flexibilidad adecuada a las profundas genuflexiones en uso. También careció de una inofensiva vista gorda, bien gruesa. Estas últimas cualidades constituían lo que los científicos denominan la condición suficiente para aceptar algo como verdadero o valioso.

Dos hechos elevaron al que ya era llamado Don Cosme a los primeros planos de la popularidad política en 1954: su decidida oposición a la construcción del Canal Vía Cuba y el papel rector que desempeñó en la mediación entre el gobierno del dictador Batista y la oposición tradicional.

La oposición a la construcción del canal la llevó a cabo Don Cosme acompañado de personalidades de la talla de los doctores Pelayo Cuervo, Jorge Mañach, Márquez Sterling y otros muchos que hicieron de la valentía cívica y el enfrentamiento legal un valioso precedente de lucha frente al poder arbitrario. Demostraron que la obra proyectada constituía una propuesta inconstitucional, un engaño económico, un alto riesgo ecológico y una seria amenaza a la soberanía nacional. Ganaron porque fueron persistentes y supieron aunar todos los intereses agredidos o amenazados por el proyecto. Una incesante e inteligente campaña de prensa contribuyó a movilizar al pueblo junto a los protestantes.

El otro hecho, el más relevante en la vida de Don Cosme de la Torriente Peraza, no tuvo el fin exitoso que logró la lucha contra el canal. Hasta ese momento Don Cosme había negociado con diplomáticos, militares de carrera y hombres de negocio. Pero nunca había sostenido un diálogo negociador con un zorro poderoso. Para ello le faltaban las habilidades que creyó tener.

Batista había llegado al poder mediante un golpe de Estado en marzo de 1952. En 1954 intentó autenticar su gobierno con unas elecciones amañadas y fraudulentas que concitaron la repulsa de la ciudadanía. Las elecciones ocurrieron en un clima de censuras, quema de libros, asalto de bibliotecas, prohibición de partidos políticos, etc. En 1953 se produjo el ataque al cuartel Moncada. Subterráneamente se preparaba una rebelión que se convertiría en una guerra civil. Correría abundante la sangre de los cubanos y eso no lo quería nadie. Esclarecidas mentes abogaron por un diálogo nacional. La idea tomó cuerpo. Surgió la Asociación de Amigos de la República para administrar las negociaciones y a su frente se colocó al presidente de la Asociación de Veteranos y Patriotas, el venerable coronel mambí Don Cosme de la Torriente. El diálogo echó a andar. Batista calibraba la situación. Medía y pesaba, no sentía ni pensaba. Era un calculador y un audaz de vieja data. Negociaría, pero solo a condición que se reconociera la autenticidad de su gobierno, lo que llevaba a otra condición por transitividad: él terminaría de gobernar en febrero de 1959.

Pero la oposición y Don Cosme pedían elecciones inmediatas y un conjunto de garantías expresivas de derechos ciudadanos que la delegación gubernamental rechazó persistentemente. Don Cosme cedió en algunas garantías, pero la delegación de la oposición no lo aceptó. El diálogo se desgastaba. La fe en las negociaciones se debilitaba. El pueblo se impacientaba y la oposición de nuevo cuño, representada por Fidel Castro y José Antonio Echevarría, capitalizaban el descontento popular.

Nadie quería sangre, pero la tozudez, el orgullo y las ambiciones egoístas del tirano le abrieron las puertas a la guerra. Lo que vino después es bien conocido, aunque hay quienes pretenden que debió o pudo ser de otras maneras. Y es cierto, pudo ser de muchas maneras pero ocurrió como lo conocemos, nos guste o no.

¿Se pudo evitar la frustración del diálogo? No. Los hechos históricos son resultantes del concierto de fuerzas, intereses y casualidades que una vez sincronizados producen una necesidad histórica. Las predicciones retrospectivas, post festum, no dejan de ser juegos mentales y añoranzas fantasiosas.

Termino emitiendo mi opinión acerca de la posición que considero correcta para 1954. Todas las ramas de mi familia optaron por la lucha armada y algunos no vivieron como nosotros para contar lo que sucedió. Lo interesante es que nos borraron de la historia.

José Antonio Quintana (Pinar del Río, 1944).

Economista jubilado.

Médico Veterinario.

Reside en Pinar del Río.