Historia

José Manuel: Tribuno excelso

 

 

Por José Antonio Quintana

 

José Manuel Cortina.

 

Fue en San Diego de Núñez, entonces intrincado paraje de montañas, que nació José Manuel un 3 de febrero de 1880. Hay personas a las que nadie llama por su apellido; son, sencillamente, un nombre íntimo y familiar para todos. Y Cortina, valga la excepción, era solo José Manuel para familiares, vecinos y correligionarios. Pero pasaría a la historia, este pinareño señor de la palabra, como José Manuel Cortina, uno de los más grandes tribunos de la lengua española de todos los tiempos.

Ejerció la abogacía, la política y el periodismo, y en todas estas profesiones dejó la huella que solo la sabiduría, el genio y la pasión consustanciados imprimen en la obra humana. Era aún adolescente cuando, en nombre de los estudiantes universitarios, habló en el recibimiento dado por los habaneros a Máximo Gómez. Este, recién salido de la manigua y reacio como era a la lisonja interesada y al elogio como exorno, supo, no obstante, avizorar, y así lo expresó, las cualidades del imberbe orador y su futuro como político.

José Manuel escribió en diversas revistas sobre temas históricos, culturales y políticos. Colaboraciones suyas aparecieron en Democracia, El Mundo, La Nación y otras. En la Revista de Derecho contribuyó con esmerado rigor técnico y gracia austera al esclarecimiento y desarrollo de peliagudos asuntos jurídicos. Escribía bien. Comunicaba bien. Pero el orador dominaba al escritor. Cuando lo he leído, muchas veces he tenido la visión de estarlo oyendo perorar desde un púlpito, acaso porque lo admiro tanto como orador que no logro imaginarlo en otra función de su genio.

Casi todos sus discursos son magníficos. Algunos son buenos. En todos ellos se aprecia la esmerada preparación y documentación del autor sobre el tema tratado. Improvisaba acerca de lo que conocía muy bien. Estructuraba una oración a partir de una esencia conocida, pensada y repensada. No cedía a inspiraciones lugonescas aunque en contadas ocasiones lo parezca. La frase bella y estremecedora estaba, en él, al servicio de un propósito y de un contenido necesarios. Aparte del vuelo poético, a menudo lírico, las características fundamentales de sus discursos son el análisis sobrio con exhaustividad necesaria, y la síntesis conclusiva, probatoria, elevada al rango de argumento irrebatible o, al menos, difícil de contradecir.

A mi juicio, sus mejores discursos, aquellos en los cuales el genio quiebra ataduras sin desbocarse, fueron los que dedicó al homenaje apologético y a la fundamentación de leyes. Ejemplo de los primeros el dedicado a la muerte de Antonio Maceo, y de los segundos el pronunciado acerca de la Ley sobre el divorcio en Cuba.

El discurso de homenaje póstumo a Maceo consta de 20 páginas con alrededor de 3 mil palabras. Está estructurado al uso de la época y según lo que se ha considerado un patrón clásico. Es una joya preciosa. Crece, desde el exordio, como un río serrano. Es cálido y vehemente. Analítico. Psicológico. En ocasiones vibra en el más alto tono de la escala de las emociones. En ocasiones susurra como el murmullo de un agua oculta que cae llevada por la gravedad. Es así que prepara a los espíritus oyentes para la próxima crecida, para el abocado torrente lírico. Los periodos, más bien largos, nunca son oscuros ni imprecisos. Una frase lleva a la otra sin que la idea encuentre una descuidada solución de continuidad. No hay, en los empalmes sintácticos, la menor aspereza.

Hay un periodo en ese discurso que cautiva y sorprende por su fuerza evocadora y su lirismo. Comienza diciendo que “…parecía Antonio Maceo un águila titánica que se elevaba al cielo en raudo giro, cerca del sol, y batía sus alas en el éter luminoso, en vuelo de triunfo y apoteosis de gloria, para luego desplomarse, como una fuerza natural consumada, en el campo glorioso de San Pedro…”, y así, con esa belleza y temperamento, avanza a lo largo de más de veinte oraciones para rematar de esta manera: “La caída de aquel hombre fue el desplome de un sol”. Imagine el lector al hombre alto, elegante, de tupido bigote y enérgicos gestos, de timbre modulado desde el corazón y tendrá ante sí una escena de hipnosis y arrebato patriótico colectivo.

Este discurso tiene un contendor muy calificado. Se trata del que en el mismo lugar y por idéntica razón, hiciera en otra fecha Salvador García Agüero. El discurso de este, de gran estilo y elegancia, va más a la raíz, a la sustancia y al significado sociopolítico del Héroe de Baragua.

En el discurso pronunciado en la cámara de representantes a propósito de la discusión del proyecto de Ley del Divorcio en Cuba, algunas formalidades y la afinación tonal cambian pero la calidad virtuosa permanece intacta. En varias ocasiones el orador es interrumpido por los doctores Lanuza y Ferrara, y luego de atender sus preguntas o comentarios, continúa como si nada hubiese ocurrido, como si tales accidentes formaran parte de la lógica del discurso. Esto solo es posible cuando existe una preparación erudita acerca del tema y la concentración y la improvisación hacen sinergia creadora.

Los periodos en este discurso continúan siendo largos, en ocasiones demasiado largos con riesgo para la coherencia. Pero ninguna frase se desvincula de la unidad dialéctica de los asuntos. Lo que parece encaminarse a una digresión baldía pronto se convierte en refuerzo de una idea importante o entrada para facilitar la irrupción de una ilustración o una cita. José Manuel ilustra con arte y cita convenientemente. Hace un recorrido por la historia del tema en discusión y encuentra exquisitas polémicas puestas por Montesquieu en boca de los persas. Rastrea en las religiones, en el Egipto y la India antiguos. Escudriña en el Concilio de Trento en donde los legisladores canónigos consagraron el matrimonio como un sacramento. Cuando uno termina de leer este discurso se percata de que está en presencia de un ensayo verbal en que la cultura, la inteligencia y el don de argumentar sostenida y crecientemente, no dejan al oyente otra opción que la de concordar con el orador. Una por una son vencidas las dificultades teóricas. Uno tras otro son derrotados los argumentos contrarios. Posiblemente este discurso sea, en la historia de la polémica parlamentaria cubana, la pieza oratoria más técnicamente fundamentada y la más elegante y culta. No digo la más brillante y sonora, ni la más adornada, pero si la más socialmente eficaz.

El político liberal

José Manuel Cortina, a mi juicio, fue una estrella languideciente. No concretó, por las razones que fueren, sus ideales más caros. Numerosos soñadores, como Fourier, luego de mucho esperar la oportunidad, son sorprendidos por la invalidez social o por la muerte. Los utopistas, aunque parezcan realizados siempre dejan, como el iceberg, una parte importante de sus sueños encubiertos.

José Manuel cultivó la política en un medio mediocre y corrupto, para acabar con el cual no tuvo la fuerza necesaria para la sacudida hercúlea. Él fustigó aquellos males con verbo de fuego, pero no supo, no pudo o no quiso, encontrar las formas y los medios para realizar los cambios necesarios. Un artículo no basta para tales esclarecimientos.

Acaso los rasgos más sobresalientes de su pensamiento puedan ser apreciados en sus propias palabras. He escogido algunas aseveraciones suyas que retratan al patriota nacionalista que fue.

Dijo, en plena madurez biológica y política, que desde sus años de estudiante se arraigó en él el propósito de “hacer apto a su pueblo para mantener y aumentar su independencia política y económica, frente a todos los peligros de sus propias pasiones, y de los fatalismos de su posición geográfica”. Abogó, en el Teatro Tacón, en encendido discurso, por la “rápida constitución de la república y el cumplimiento del programa de la Revolución”.

En el segundo gobierno de Estrada Palma, ante los primeros entuertos de la democracia criolla, urgió “fijar soluciones … ante el aparente fracaso de nuestro primer ensayo de sufragio universal”… que hizo ver “la dolorosa perplejidad de la conciencia cubana, ante la primera gran decepción colectiva”. Aunque presentía otras decepciones que sin duda ocurrirían, sostuvo “una profunda fe en la perduración de la soberanía de la República”.

Predicó que “en la educación profunda y sólida está el remedio de los males de la República y su posible ventura”. Llamó “a combatir en toda ocasión la enervante doctrina que busca la solución a las dificultades en el tutelaje extraño, y en el hábito deprimente de confiar, a la capacidad y energía de otro pueblo, la defensa de la patria y la rectificación de nuestros errores”. Proclamó “la necesidad imperiosa de hacer al cubano apto… para ¨saber manejar su país, para que no lo explote y posea el extranjero”. Soñó con un ímpetu moral nacional “que sea capaz de hacer de Cuba una Potencia de primera clase”. Aseguró que “un propósito inquebrantable de mi voluntad y de mi corazón es consolidar la absoluta soberanía de Cuba”. Después de decir todas estas convicciones, resumidas en el exordio de un libro, al parecer sintiéndose solo para acometer los empeños anidados en su conciencia profunda, dejó correr la pluma con sutileza y escribió: “El deber que se cumple es una poderosa compañía”.

A veces he creído que se refugió en la cultura para encontrar en ella la realización espiritual que no halló en la política. Ello explicaría en parte su gusto fino por la plástica y la escultórica orientales, así como su afán de coleccionista del arte escultural griego y romano, del que son muestras los adornos de sus parques en la hacienda de San Diego (La Güira).

Liberales y conservadores protagonizaron las contiendas políticas republicanas en la primera mitad del siglo XX. José Manuel fue un liberal. Pero los liberales, y en general los políticos, se desacreditaron según los criterios populares de valoración de la política. Cuando el liberalismo pasó del elaborado pensamiento de los teóricos a las disquisiciones de conveniencia práctica de los políticos perdió, poco a poco, casi toda su plenitud ideal. Los anunciados escenarios de libertad y justicia, pregonados por los profetas liberales como tierra de promisión moderna, coartados en su fin por la retórica vacua, los intereses y apetitos pantagruélicos de los poderosos, frustraron la fe de los ciudadanos en una democracia pervertida en que la libertad y la justicia vivían solo en el lirismo del verbo de los grandes tribunos. El pueblo aprendió a admirar a los grandes oradores al tiempo que descreía del contenido de sus mensajes. La llamada politiquería tuvo una elite culta e impresionante que encandilaba pero no convencía. Este fue el ambiente político que contuvo la expresión de la grandeza de José Manuel Cortina La retórica falsa, el latrocinio, el fraude electoral, las promesas incumplidas etc, dañaron a los liberales y al liberalismo. Un daño que parece irreversible. El mismo daño que el maquiavelismo político del totalitarismo staliniano y sus satélites le hizo al socialismo. ¿Dónde encontrar el Jordán para la limpieza expiatoria de las culpas políticas del mundo?

Notas

1. José Manuel Cortina murió en Miami el 9 de marzo de 1970.

2. Las citas que aparecen en el artículo fueron tomadas del libro “Por la nación cubana” de José Manuel Cortina.

 

José Antonio Quintana (Pinar del Río, 1944).

Economista jubilado.

Médico Veterinario.

Reside en Pinar del Río.