Debate Público

La censual fiebre de los bajos de mi casa

Por Henry Constantín Ferreiro
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Los bajos de mi casa han tenido días complejos en los últimos meses. Allí radica una oficina de cobro de multas, pero una mañana me despertó la policía, mucha policía. El barullo de decenas de voces entró por mi ventana y me llevó hasta el balcón, desde donde vi, con el sueño deshecho en menudos pedazos, a veinte o treinta agentes de la PNR de teniente para abajo, tres o cuatro motos, alguna patrulla, y varios inspectores mezclados entre ellos, todos agolpándose y conversando en la oficina de cobro de multas de los bajos de mi casa -por suerte, no venían por mí. Molesto por la falta de respeto, pensé llamar a la policía y acusarlos de escándalo público. En ese momento llegó la enfermera.
La enfermera asignada a mi barrio para detectar fiebres, en medio de nuestra masiva epidemia de dengue, viene cansada y con pena. Me ha tomado la temperatura varias veces y aún estoy sano. En esta última visita, para variar, un policía de los amontonados bajo mi casa, parecido a Rogelio Blaín pero más curtido, la piropeó y aseguró, sonriendo, sentirse afiebrado (Camagüey, como la Florencia de los cuentos del Decamerón, ama mientras vomita y se retuerce en espasmos virales). La enfermera, entrada en años pero todavía sensual, le preguntó por tal concentración de agentes. Es que estamos actualizando el cobro de las multas; hay muchas y hay que recoger dinero, le dijo él. Ahí los dejé, tranquilizado por no formar parte aún de los miles de camagüeyanos que ya han desfilado por el hospital Amalia o por las dos escuelas transformadas en centros de atención a pacientes de dengue.
Pero a los días del despliegue policial y de la última visita caza enfermos, empezaron bajo mi casa otros censuales movimientos. Con una laboriosidad desacostumbrada, comenzó de momento el ir y venir de autos y motos cargados con funcionarios, cajitas de merienda, paquetes sellados, hojas e instrucciones. Es que la ajetreada oficina de cobro de multas se ha transformado en un censual puesto de mando –o algo parecido-, en función del suceso que nos anunciaban desde los medios estatales de incomunicación: el Censo de Población y Viviendas de 2012, tan cargado de censualidad. (Perdónenme el error, oí decir que se escribe con s, pero es que la ortografía nunca ha sido mi fuerte).
Ya es la hora del recuento –en el establo- y de la mancha unida, pudo ser el lema de este censo. Lo que menos me gusta de él es que nos cuentan y nos miden, pero luego no nos enteramos de cuántos somos (mejor dicho: cuántos quedamos) ni cuánto medimos. Y tampoco notamos las políticas estatales para solucionar los problemas que un censo bien hecho permite calcular. Los datos que nos extraen terminan en oficinas inaccesibles, de donde solo alguna información será autorizada a filtrarse a determinados institutos y medios de prensa, sin mayor consecuencia práctica. Pero ni en la enfermiza, estatal y anémica Ecured, la primera enciclopedia hecha con el fin de ocultar la información, ni en ella siquiera, uno puede enterarse luego de la cantidad de computadoras que hay en las casas de este país, ni de los niveles de calidad de vivienda y escolaridad que tras cincuenta y pico de años de gobierno aún diferencian a personas de piel blanca y de piel negra, ni cómo el Oriente y los campos cubanos siguen acumulando los mayores índices de pobreza. Nada de eso. Ahora, dejamos que nos censen, y luego dejamos que nos escondan los resultados.
Y vino el censo a coincidir en Camagüey con el Festival Nacional de Teatro, que en mi ciudad se sostiene a duras penas y que, sin mucha “censualidad”, dejó escapar atisbos de lo que los enumeradores se encontraron en las casas cubanas, pero no fue anotado en sus estadísticas: miseria crónica (Aire frío, de Argos Teatro), falta de esperanza (Aire frío), violencia de género (La mujer de carne y leche), cuestionamientos sociales y políticos (Antigonón, Aire frío, Un jesuita de la literatura, La boca).
¿Para qué nos cuentan? Para conocer mejor cómo vive el pueblo y tomar decisiones que mejoren nuestro nivel de vida, dicen los que inventaron este censo. Pero es que este mismo gobierno ya nos ha censado otras veces. Sus malos hábitos gubernamentales permanecen inmutables, año tras año, aunque los resultados del conteo cualquiera se los imagina, sin necesidad de esperar las sumas finales:
Seguimos sólidamente afincados en el tercer mundo, con buenos niveles de escolaridad y esperanza de vida pero analfabetos de Internet y derechos humanos, y muy enfermos de desesperanza –que se nota en la propensión a irse que tienen casi todos los cubanos y en los alarmantes índices de suicidios juveniles, enfermedades del corazón, nerviosas, cancerosas y la proliferación de estrés y adicciones, de muchos de los que quedan.
Los trabajadores cobran salarios que no cubren quince días de comida decente al mes, con montones de niños alegres pero delgadísimos en las rudimentarias escuelas y la mayoría de los hospitales convertidos en criaderos de bacterias.
Un teléfono todavía es un sueño para miles de cubanos, las viviendas aún se derrumban de miseria en Centro Habana y Santiago, o se tapan con cancerígenas tejas de fibrocemento, o con raquíticos techos de lata o guano en los poblados, barrios periféricos y campos. En esos mismos lugares no abundan los baños sanitarios, el agua corriente y el alcantarillado, y decenas de miles de personas continúan sin haber tocado en sus vidas una computadora.
Los ancianos que viven solos suelen morirse de cualquier catarro, sin más cobertura estatal que una pensión que no suele alcanzar para una semana de mala comida, y con mediocre atención médica.
Los matrimonios no sobreviven. La violencia se impone en las relaciones estado-ciudadanos, en las calles de noche y dentro de muchos hogares. Los campesinos huyen de sus lares, los jóvenes escapan a La Habana –cuando no más lejos-, el alcoholismo hace olas, la mendicidad y la prostitución crecen en los centros urbanos y el raterismo dondequiera. Los jóvenes no se casan y evitan tener hijos, entre otros motivos, porque aparte de amor no pueden ofrecerse mucho más: no tienen viviendas, no tienen salarios dignos, no tienen esperanzas...
Eso podía haber sido el resumen de un censo en la Cuba española de fines del siglo XIX y, coincidentemente, de este en la misma Cuba de inicios del exilio dice la célebre Yuliet Cruz, cuando su personaje Luz Marina se pregunta Estos cincuenta años, ¿para qué?, en Aire frío –véase texto aparte sobre Festival de Teatro, para más pruebas grises de lo gris que pretenden censar.
Pero lo cierto es que a todos nos están censando. A la mayoría, la están cansando. Y lo de ellos, lo de los censores, ¡digo!, los censadores, evidentemente está cesando.
En el poblado de Cuatro Caminos –municipio Najasa, provincia Camagüey- algún funcionario de “censuales” movimientos cerró temporalmente el hogar materno a donde iban las embarazadas con necesidad de cuidados médicos especiales. A ellas, las mandaron para Camagüey, bien lejos de sus familias. A él, al hogar materno, lo convirtieron en oficina para el censo.
Un día, yo también me pondré una gorrita, un pulóver y una credencial para censar, y me acercaré a una casa en la que me puedan contestar la única pregunta de mi planilla: ¿Hasta cuándo, señor, hasta cuándo?
Henry Constantín Ferreiro. (Camagüey, 1984)
Periodista, escritor y fotógrafo.
Expulsado de los estudios de Periodismo en dos ocasiones, ambas por problemas políticos.
Único representante de Cuba en el II Concurso Hispanoamericano de Ortografía Bogotá‘2001.
Graduado del Curso de Técnicas Narrativas del Centro Onelio Jorge Cardoso.
Colaborador de la revista Convivencia.
Textos suyos han sido publicados en medios de prensa cubanos, incluso oficiales.
Hace el weblogReportes de viaje (www.vocescubanas.com\Reportes de viaje).
Dirige la revista La Rosa Blanca.
Reside en Camagüey.
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